viernes, 5 de diciembre de 2014

Fahrrad






Hoy fue un día extraño. 

Empezando por que no dormí. Me la pasé escribiendo para un ensayo que tenía que entregar al día siguiente y cuando me di cuenta ya eran las 5 de la mañana. Di el último click de mi computadora para guardar aquel trabajo y como ya no tengo mucho dinero y mi carro ya no tiene gasolina, hice lo que cualquier otro universitario haría, me fui en bicicleta a la escuela. Para esto deben de saber que vivo en un cerro y que esta medio empinada la bajada. Lo cual no es un problema en la ida, el problema es el regreso jeje. 

Entonces, listo y preparado partí a las 5:30 de la mañana rumbo a casa de un amigo, donde después iríamos a nuestra alma máter. Las calles estaban solas y había neblina cubriéndolo todo. Fue una experiencia mágica que tal vez vuelva a repetir en el futuro. Pero ahora con la diferencia de que ya no seré estudiante.

El punto es que llegué a casa de mi amigo, como no sabía si seguía dormido o no, decidí mejor esperar en la entrada hasta que dieran las 6 am, una vez adentro decidimos que iríamos al Centro de Diseño e Innovación Tecnológica (CEDIT) de mi facultad, donde me puse, junto con mis compañeros a terminar una entrega y fui a imprimir cosas a las copias que están por la facultad de química. Así se fue la mañana. Entre hablar, escribir, acomodar, engrapar, lijar y resanar. La vida común de un diseñador.

Para las 12 del día nuestras entregas habían concluido y  como no tenía intenciones ni capacidad económica para acompañar a mis amigos a comer en algún lugar, decidí que era mejor regresar a casa. Para lo que me preparé psicológica mente y tomé camino. Ya de regreso, con la cámara en la mochila, me detuve en algunos lugares para tomar fotos porque me pareció que en este día, este específico día se veían aún más verdes los verdes, más azules los azules. No sé si se debía a mi insomnio o porque de verdad algo estaba ocurriendo en el espectro electromagnético.

Tomé los instantes que debían ser capturados y seguí con mi camino. Para lo que me encontraba frente a la gran subida, ese reto monstruoso de asfalto y tierra que desafía la gravedad y hace temblar al más atrevido ciclista. Entonces, sin pensarlo dos veces, pedaleé y pedaleé y pedaleé. Creía que lo iba a lograr, ya iba a la mitad y pensé – Por fin, lo estoy logrando! – Pero solo sería un momento. Porque el cansancio empezó a conspirar contra mis rodillas, mis huesos, mi alma.

No pude más, caí ante la desesperación. El sol ardiente de medio día infringía contra mi objetivo. Primero un pie y luego el otro bajó de la bicicleta, resignado caminé hasta la sombra de un árbol que se encuentra a la mitad de aquel lugar. Donde se puede contemplar todo Querétaro y su majestuosidad. Hoy estaba nublado, feo, terroso, no sé si era por mi fracaso pero lo vi ajeno.

Así, poco a poco regresó a mí el equilibrio y la tranquilidad. Retomé mi camino a casa y pude terminar el recorrido. Abro la puerta, guardo la bicicleta. No hay nadie en casa. Me preparo un vaso de agua bien fría con medio limón y un poco de azúcar para recuperar energía. Lo último que recuerdo es que dejé mi cámara sobre la mesita y volteé a ver a mi cama. Fue un día extraño. 

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