Todo es tranquilidad, hay paz y calma en mi alrededor,
ya no siento ningún dolor, no tengo preocupaciones,
todo acabó y solo estoy aquí. Sentado bajo aquel árbol que
sembré hace algunos años cuando aún creía en la inmortalidad.
Lentamente, mis oídos se van relajando, mis facciones cambian.
Se escucha una melodía a lo lejos, una hermosa melodía. Su ritmo es
casi celestial, la armonía es perfecta y la entonación impecable. Ni una
sola muestra de titubeo o nerviosismo, el que está interpretando aquella
melodía es una persona que está en equilibrio consigo misma, está
conectada perdidamente con la pieza y su interpretación es magnífica.
La reconozco, poco a poco viene a mi memoria el nombre de aquella
pieza tan hermosa y tan reconfortante. ¡Claire de Lune - Claude Debussy!
Exclamo con alegría. ¡Claro! tiene que ser Debussy, solo él tiene ese estilo
tan mágico para encantar y llevar a sus espectadores a terrenos oníricos.
Las notas flotan, bailan, van y regresan de una forma tan romántica
que vienen a mi mente miles de sensaciones, recuerdos, sabores y olores que
crean todo un festín en mi imaginación. Nubes de colores, paisajes infinitos,
puedo estar en cualquier lugar. Guiado por los altos y bajos voy como un niño
en la montaña rusa recorriendo todo lo que alguna vez anhelé y lo que odié.
Ojalá que nunca se acabe, que se convierta en una constante. Desearía poder
compartirla con todo mundo, pero recuerdo que no hay nadie más, solo estoy
yo. Sentado bajo éste árbol, viendo las nubes pasar y las aves migrar.
Lentamente llega el clímax de la pieza, las lágrimas resbalan por mis
mejillas, es una sensación tan fuerte que empiezo a temblar. Estoy desnudo
en alma y pensamiento. No encuentro fuerzas para limpiar de mi rostro
aquellas gotas frías de felicidad que ahora se han convertido en ríos que
resbalan por mi ser, llevándose consigo todos mis malestares y temores.
La fuerza de aquella obra de arte empieza a desvanecerse, cada vez mas distante
cada vez mas remota se va hacia la inmensidad, con tanta fragilidad que parece
una llama que lentamente se extingue por haber consumido todo el oxigeno restante
hasta mas no poder. Me concentro por recuperar hasta el último tono de tan
majestuosas notas que ahora solo resuenan en la corteza de mi cerebro.
Me encuentro aún mas calmado, me encuentro en un estado de paz interior casi divino,
donde ya no existo como ser, mas un concepto, una idea. Lentamente dejo de ser yo
y me fusiono con la inmensidad de aquel paisaje que me vio nacer, mi tiempo ha llegado.
Así como llegó, se ha ido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario