viernes, 17 de abril de 2020

Tratado sobre el "visto" y otros síntomas de whatsapp

Todos lo hemos sentido.

Esa sensación de adrenalina cada vez que nuestros dispositivos vibran al entrar un mensaje nuevo. Como sudan nuestras manos como un reflejo Pavloviano después de haber sido adiestrados durante años por esas aplicaciones, donde físicamente podemos reflejar nuestro estado de ansiedad y nuestra energía contenida sólo para leer esa notificación, ese correo, ese mensaje de voz, esa publicación. 

Somos prisioneros de nuestras ansiedades, de nuestra necesidad de atención y la infinita actividad de las aplicaciones online que guardamos en nuestros pequeños ladrillos de vidrio y metal de nuestros bolsillos. No ha existido algo que me preocupe más que la perdida de ese pequeño monolito, ni mi cartera con identificaciones, ni mis llaves del departamento. Ya que ahí se encuentra todo lo que soy, ahí estoy yo. O una copia virtual de mi mismo por así decirlo.

Mis gustos, alegrías, decepciones, movimientos, lugares a los que me gusta asistir, restaurantes a los que nunca regresaría, a los parques donde tantas veces he caminado en busca de un poco de aire libre en una gran ciudad, ahí está todo: lo que me define como lo que creo que soy.

Y una de las peores cosas que existen en este mundo son las palomas azules de Whatsapp.



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